Thursday, September 2, 2010

El dictador


Me gusta degollar cada pelo
que sale de mi mejilla.
Luego, sin remordimientos,
limpio el arma, riego el sitio de la masacre
con loción para después de afeitar,
sonrío como cualquier mañana,
beso a mi mujer
y escapo impune como siempre.

Thursday, July 15, 2010

En busca de Santos Dummond




Muerte sin fin (fragmentito) 
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis 
por un dios inasible que me ahoga, 
mentido acaso 
por su radiante atmósfera de luces 
que oculta mi conciencia derramada, 
mis alas rotas en esquirlas de aire, 
mi torpe andar a tientas por el lodo (…) 
José Gorostiza 

Correr, correr, correr. Despertar, observar, correr, correr, correr, trabajar, subir, bajar, correr, mirarte, correr, correr. Saludar y despedir, despachar, escuchar, rodar, correr, correr, correr. Besar, tocar, palpar, oler, morder, chupar, subir, bajar, descansar un segundo, o dos, correr, correrme, correrte o fingir, fingir, fingir.
Quiero un mundo sin verbos.
Con la disposición del que nada tiene que perder apresuré el paso sobre Continental Ave., dejé atrás la biblioteca de Forest Hills, di vuelta en Queens Blvd. y me sumergí en el metro para matar todos los verbos que había en mi cabeza. Cuando bajaba las escaleras de la estación decidí que no volvería a Forest Hills y el frío soltó otro zarpazo en mi rostro. Aún no amanecía.

Esperar, esperar, esperar. Quizá el peor de los verbos, un verbo contradictorio que fuerza ninguna acción. La acción de no hacer nada antes de realizar alguna otra cosa que nada tendrá que ver con esperar. Más que un verbo es un paréntesis, una coma, o peor, un punto y coma, tan petulante como prescindible.
La pausa terminó con el sonido del aire que exhala el tren, las puertas se abren y ya en el asiento, cierro los ojos y trato de no hacer nada.
No sé cuánto tiempo pasó, quizá no importe, en unos minutos el tren en el que escapaba irrumpiría en Manhattan. Yo mantenía mi mente lo más vacía posible. Hubo un momento en que me pareció eterno el tiempo entre mis inhalaciones, casi como si no tuviera que respirar.
Las puertas del vagón se abrieron en Lexington y la 51st. y mientras los nuevos viajeros se hacían de algún asiento yo me sentí rodeado por el azul del vagón. La E del tren, su identificación, me pareció exangüe, como su color. Me perdí en esa muerte, puse mi mente en azul, asfixiada. Cuando salí del trance tuve esa sensación de no saber en dónde estaba. Quién soy. Esos segundos que a veces ocurren cuando uno despierta y no reconoce nada, esos largos momentos en que uno se siente totalmente a merced del mundo, como si el pasado desapareciera, como si todos los hechos que consecutivamente lograron llevarnos a ese punto nunca hubieran existido y nada tuviera sentido. Quién soy.
- Are you ok? Sir, are you ok?
La había oído la primera vez. Una chica pálida, casi azul, casi exangüe. Asentí. Sí estoy bien pensé, lo único raro es que no sé quién soy. No hice ruido.
-You don’t look very well, sir.
- I’m fine, logré decir sin que se rompiera la voz.
- Good, I thought you were fainting. Do you want my coffee?
Acepté su vaso con café, mientras ella siguió hablando. Dijo algo del frío, dijo algo de odiar el invierno, dijo algo sobre la depresión de salir de casa aún siendo de noche a trabajar. Yo no la escuché del todo, pero no dejé de admirar su palidez y de pronto me quedó claro que ella no era normal. Nadie le habla a otra persona sin motivo, nadie se quita el café de las manos para ofrecérselo a un desconocido en el metro; (sí, punto y coma, una breve y petulante espera) nadie es persona dentro de un vagón del metro.
La interrumpí con el descaro que tendría cualquier persona que ignora su propia identidad, que desconoce todos los pequeños momentos que encadenados lo llevaron hasta ese vagón exangüe.
- What’s your name?
Ahora el silencio fue suyo un par de segundos. Bajó la voz como si no quisiera ser escuchada.
- Lia.
Los dos callamos.
El vaivén del vagón era un arrullo. Lia me veía en silencio y yo mantenía mi vista fija al frente vigilándola a través del reflejo de la ventana. Cuando no pudo más, preguntó.
- And yours?
- What?
- Your name. What is your name?
En ese momento emergieron de la oscuridad todos y cada uno de los momentos que me habían llevado a ese vagón esta madrugada de invierno. Le anclé mi mirada a sus ojos para no perderme y recuperé mi nombre: Manuel Tolice. Había salido de casa con una maleta que guarecía debajo de mis piernas en donde metí lo que cupo y dejé el departamento que había compartido con mi esposa. Ella, por teléfono, me confesó ayer un desinterés que más parecía repulsión y me pidió que me fuera, ella no llegó en toda la noche y cuando dejé la casa y caminaba por Continental Ave., frente a la biblioteca, pensé que no debería volver jamás a esa casa. Tendría la mañana para conseguir algún departamento y llegaría al trabajo después del almuerzo para traducir boletines de prensa que generaba la oficina principal y enviarlos a México, Bogotá, Santiago o Buenos Aires para los periodistas que seguían de cerca los movimientos de un banco de inversión como en el que trabajaba. Ni recesión ni crisis, aún no, algunos problemas, pero nada de qué preocuparse. Una heroica resistencia al desplome de las bolsas y otras mentiras adornadas, pero nada resquebrajaría este imperio capitalista. Wall Street es imbatible. Ese era mi discurso.
El tren entró al andén de su última parada y el hedor a orines presagiaba lo que había afuera: un agujero rodeado de edificios.
Cuando se detuvo el vagón exangüe saqué un pedazo de papel del portafolio y escribí mi número de teléfono. Vi de nuevo a los ojos a Lia que esperaba a que yo dijera algo.
- You should call me sometime. If you like, of course.
Volvió a preguntarme mi nombre. En el papel escribí Santos Dummond, así, con doble eme, y se lo di. En ese momento me vi desde fuera. Vi mi osadía, una actitud que no era de Tolice y decidí dejar de ser. Me vi regresarle el papel.
Lia, leyó y exclamó:
- Ah, como o aviador. Você fala português?
- No… Español.
- Eu hablo portuñol.
- Llámame, dijo Santos Dummond, y sin dejar de ver a Lia y su palidez casi indigente, salió del tren.
Como si supiera a dónde ir, el neonato emprendió un paso firme mientras arrastraba la maleta. Sonreía como si de pronto tuviera todas las certezas, como si los verbos ya no fueran más un problema.
Al salir a la calle ya era de día. Era un día gris adornado con una nieve tímida pero constante, y a sus pies yacía la oquedad sempiterna del Ground Zero, aún con cascajo y máquinas que no hacen nada aunque no cesan de moverse. Dummond volteó hacia arriba e imaginó que el cielo era azul detrás del metéoro.
El nuevo hombre pensó que Manhattan era un buque a la deriva, devorado por las nubes, por la niebla, por la nieve, por el frío. Sin embargo, si ese buque pletórico de gente y edificios zozobraba, el capitán Santos Dummond sería el único capaz de salvarlo y llevarlo a buen puerto.

Wednesday, April 21, 2010

Poema ojete

Si tuvieras tres ojos,
no tendría inconveniente
en picarte el de en medio y,
como hasta ahora,
cerrarte los otros con la lengua.

Wednesday, August 19, 2009

Círculo

“Ahora entiendo por qué no nos hemos enamorado tú y yo: no soy tu monstruo azul”

J.J. Millás en No mires debajo de la cama

“Duérmete en el suelo, sueña conmigo”, me dijo en voz muy baja y medio segundo después me sentí cayendo en un vacío interminable desde el borde de la cama hasta el suelo.

Es como si todas las entrañas amagaran con tomar el control, como si subieran súbitamente al pecho y regresaran. Mis ojos no se abrieron. Mi brazo estaba dormido y sabía, sabía que mi saliva se derramaba hasta el suelo. Duérmete en el suelo, pensé.

Angélica y yo dormíamos juntos cuando niños. Su espalda y mi espalda empalmaban. Tan cálido sentirla, sin ninguna pretensión. Inocentemente, juntos, como cuando sabes que vas a querer a alguien para siempre y que serás correspondido, siempre.

Yo le prometí a Angélica que sería su monstruo de la guarda. “Tú no eres un mounstro, eres un niño. Y yo no quiero un mounstro de la guarda, quiero un ángel, como yo, Angélica”. “No es mounstro, es monstruo”. “Pues yo quiero un ángel. Duérmete en el suelo, sueña conmigo”.

Nunca creí capaz a un ángel de cuidar a nadie.

Angélica y yo, un día, olvidamos cogernos de las manos, sonreírnos, evitamos vernos a los ojos, dejamos de besarnos, preferimos empalmar nuestras espaldas con otras espaldas, y las niñerías de los monstruos y los ángeles se diluyeron en un sabor amargo que al final también se diluyó quién sabe dónde.

A veces todavía abrazo la almohada pensándola, y siento que pongo mi mano donde su cintura aún era cintura y su cadera ya era su cadera, y mi nariz se hundía en la melena cazando el humor de su cuello escondido. Esas noches cierro los ojos y cuando estoy a punto de dormirme, oigo una voz muy baja que dice “Duérmete en el suelo, sueña conmigo” y caigo en un vacío interminable desde el borde de la cama.

Tuesday, December 16, 2008

Madrid 98 (movimiento perpetuo)

La lluvia era fina, pero constante.
Metí mis manos a los bolsillos de la chaqueta para atenuar un frío que no se amedrentaba con tan poco. El cigarrillo lo llevaba en la boca y el sabor del tabaco negro del Cohiba llenaba mis pulmones mientras caminaba por la Gran Vía hacia el Callao.
El aire otoñal se colaba por todas partes acentuando mi necesidad de comida. Muchas mujeres corrían para guarecerse de la lluvia, sorteaban los charcos a veces con éxito, otras sin él.
Yo iba tranquilo después de ver una peli en los cines Princesa, acostumbrándome a la lluvia feliz que me cortaba el cuerpo entero con su frío. Para no llegar después de las seis a la Fnac, apreté el paso, (“tus pasos pisan, pasan…”, volvía recurrente ese soneto inconcluso a mi cabeza, “por la oscura región de mi memoria”).
Entré en la librería y, sorteando críos, me agazapé detrás de uno de los estantes del primer piso. Justo a las seis con diez vi a Magdalena subir las escaleras, yo detrás de un pilar de tebeos. Ella no me vio y la seguí hasta la sección de poesía.
Su nombre era Magdalena y aunque había nacido en Colombia, llegó a México de niña. Entonces, era mejicana. O mexicana, por misteriosa. Hacía unos días nos sentamos lado a lado en el café internet de la calle Rosario, frente al Parque de la Cornisa. Yo no la dejaba de ver por el rabillo de mi ojo inquieto y ella, sin darse cuenta, me pidió que le ayudara a enviar un correo electrónico y empezamos por abrir una cuenta para magdalenak arroba etcétera.
Yo pensé que podría invitarle una caña, que le hablaría de poesía, que le acariciaría el cabello, que la vería a los ojos y que ya profunda la noche, quizá la besaría en los labios. Pero no quiso la caña y mató de tajo todas las demás posibilidades.
Se despidió, se fue. Yo me apresuré y salí del café unos pasos detrás de ella. Nunca hubiera pensado en hacerlo, pero a veces no pienso las cosas y la seguí discretamente.
Cruzó San Francisco y caminó hacia La Latina por la calle del Ángel. Yo trataba de darle ventaja y mis ojos se esforzaban por seguir “tus pasos pisan, pasan…” Subió por Tabernillas e iba por en medio de esa calle angosta. Llegamos a la Plaza de la Cebada y, luego de pasar por el mercado, se detuvo a ver la marquesina del teatro como si quisiera entrar, pero de inmediato cruzamos La Latina.
Mejor dicho, ella cruzó, yo sólo la seguía de lejos y espiaba la forma que tenía de echarse el cabello hacia atrás y dejar por un momento descubierta su nuca (una nuca similar a la que Marías me describió unos días antes en “Mañana en la batalla piensa en mí”). Era casi imperceptible, pero cuando su cadera se mecía hacia la derecha lograba un recorrido mayor que cuando iba al lado izquierdo y pensé que quizá tendría un viejo golpe que la acostumbró a caminar así. Yo era un fantasma, una sombra improbable en medio de la noche.

En la calle Duque de Alba se me antojó un brandy, pero no me distraje; ella cambió de acera y llegó a la plazuela Tirso de Molina, la cruzó y se detuvo un segundo en la boca del metro. Lo meditó y siguió por la calle de la Magdalena sin entrar al subterráneo.
Yo la seguí siguiendo y pensé que le gustaría caminar por esa calle que lleva su nombre, quizá como señal de buena suerte.
Bajó la velocidad y se entretuvo en las tiendas, primero una mercería, luego entró en un Todo a cien y luego a un café donde compró una napolitana para volver a la calle mientras la mordía.
Cuando llegó a la calle de Atocha, sin anticipar nada, se sumergió en el metro Antón Martín. No la alcancé. Pensé que no volvería a ver a Magdalena, la mexicana misteriosa que no quiso tomar una caña conmigo.

***

La lluvia era fina, pero constante.
Pasaba por la Plaza del Callao, una semana después de perderla en Antón Martín y me la encontré. Era una mañana fría.
La saludé, intenté invitarle un café, pero Magdalena fabricó una excusa y se metió a la Fnac. Yo amagué mi entrada al metro, pero fui a la librería y la aceché como un predador en busca de su presa.
Ella husmeaba y yo, tras las letras, no le quitaba el ojo de encima. Salió media hora después sin haber comprado nada. Caminó por la Gran Vía dos cuadras abajo, cruzó la calle, y dio la vuelta en la calle del Barco. En la esquina con Desengaño habían matado a golpes a un chaval que iba con una camiseta del Barça puesta y su novia de la mano. La calle aún estaba acordonada y la sangre aún se distinguía en el asfalto. Me pregunté dónde estaría la novia viuda en ese momento, mientras Magdalena esquivaba a los curiosos. En la tercera puerta de Desengaño, ella se perdió. Un edificio viejo. Oficinas de bajo costo, pensé, y esperé en un café a media cuadra.
Pasadas las seis, luego de tres tintos, algo de charcutería, unas gambas y medio libro de Paul Auster, Magdalena salió. Se mordía el labio inferior, quizá constatando que el frío lo había roto y costaría sanarlo, distraída.
Volvió a la Fnac, directo a la sección de poesía donde mató dos horas y media. Intermitentemente, alzaba la mirada en busca de alguien que la estuviera viendo, nerviosa, pero yo pasé desapercibido.
Al salir, la mexicana entró al metro y la perdí de nuevo.
Al día siguiente la esperé en la esquina de Desengaño y Barco y volví a seguirla a la librería. Magdalena tenía un rostro descompuesto que se fue componiendo durante una hora y veinte en la sección de viajes de la Fnac. Salió de nuevo con las manos vacías, pero la sonrisa en el rostro, como si acabara de volver de un viaje al mundo en ochenta minutos y se metió al metro.
Para el cuarto día, ya era claro que los recorridos empezaban después de las seis y ya habíamos pasado por la sección de viajes, la de niños, la de teatro y otras dos veces por la de poesía.
Al quinto día, decidí ir temprano a los cines Princesa a ver Frontera Sur, una película con Federico Lupi y Maribel Verdú, que resultó más bien mala. Salí apenas a tiempo para llegar a mi cita anónima con Magdalena pasadas las seis.
A pesar de la lluvia decidí caminar por la Gran Vía de Princesa hasta el Callao en un día gris y llegué antes que ella. La vi subir las escaleras y sus caderas se movían “al son de un suave y blando movimiento” (volvía el soneto inconcluso a mi cabeza).
Magdalena fue otra vez a la sección de poesía y empezó su fusilamiento paciente de minutos. Sacaba y hojeaba. Empezó con Antonio Machado y siguió con Ramón María del Valle Inclán y yo pensé que no cambiaría el espectáculo de su rostro absorto, ni por una tertulia en el Café del Pombo cien años antes.
Me acerqué y tuve esa visión clara: ese sería el día, viernes 24 de octubre de 1998, cuando besaría a Magdalena por primera vez, justo afuera de la Fnac.
—¿Has leído a Oscar Hahn?
Ella no contestó. No sabía qué decir. Yo aún estaba mojado, pero no dejaba de sonreír.
—Es chileno. Mira, aquí hay un libro suyo.
Le alcancé el libro que en realidad tenía ella más cerca que yo. Ella seguía en silencio. Abrí para encontrarme con un soneto al que le faltaba una línea, pero que empezaba certero: “Al son de un suave y blando movimiento / arroyos vas pisando de dulzura…”
La vi a los ojos. “Tus pasos pisan, pasan por la oscura región de mi memoria”.
Ella rompió el silencio sólo con los ojos y un lento parpadeo.
—Te gusta la poesía —sentencié.
—Me gusta esconderme —dijo con resignación.
—Pues te encontré.
—¿Eso crees?
Vi un libro de Editorial Renacimiento con el nombre Luis Alberto de Cuenca en el lomo.
—¿Sabías que este tipo es director de la Biblioteca Nacional? Estoy en espera de que me dé una entrevista para un periódico en el DF —sobra decir que nunca conseguí la entrevista, pero me hice amigo de Carmen, su secretaria, que acabó invitándome a comer unos meses después para apaciguar mi decepción.
—¿Eres periodista? —preguntó.
—Escucha: “Me rindo. Tú has ganado. Mientras vivas, / no alcanzarás un triunfo tan notorio: / me has volado la mente con tus ojos.”
Magdalena recuperó el silencio con el suave y blando movimiento de sus ojos que recién me habían volado la mente en mil pedazos.


***

La lluvia era fina, pero constante.
Cuando Magdalena y yo salimos de la Fnac habían pasado tres horas desde el soneto incompleto de Hahn. Hacía frío.
Era viernes 24 de octubre de 1998 y yo volví a pensar que podría invitarle una caña, que le hablaría de poesía, que le acariciaría el cabello, que la vería a los ojos y que ya profunda la noche, quizá la besaría en los labios.
Magdalena aceptó la cerveza, pero antes de acariciarle el cabello la vi a los ojos y me adelanté a la profundidad de la noche.


Apuntes

Movimiento Perpetuo
Al son de un suave y blando movimiento
arroyos vas pisando de dulzura.
Tus pasos pisan, pasan por la oscura
región de mi memoria. Ya no siento

ni el ruido de la puerta ni el lamento
del lecho al irte. Pasa tu hermosura,
se pierde en el umbral. Tu mano pura
cerró el vestido


Créenme dormido
tus pasos. Pisan, pasan por mi mente
igual que ayer. Mi pobre sentimiento

qué solo está, qué solo estoy tendido
mirándote partir perpetuamente
al son de un suave y blando movimiento.
Oscar Hahn (Iquique, Chile, 1938)

***

Soneto del amor atómico

Has minado la selva de mi pecho.
Le has dado fuego a todos mis olvidos.
Has llenado de muertos y de heridos
el pacífico reino de mi lecho.

Te has subido a la lámpara del techo
para bombardearme los sentidos.
Has vertido explosión en mis oídos
con tu voz nuclear siempre al acecho.

No más fisión, amor, no más ojivas,
ni más misiles en mi dormitorio.
Cesen con tu victoria los enojos.

Me rindo. Tu has ganado. Mientras vivas,
no alcanzarás un triunfo tan notorio:
me has volado la mente con tus ojos.
Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950)

Saturday, September 13, 2008

Hipotenusa metafórica

Un día me pillé hablando con mi gata sobre hipotenusas.

Era enero y del otro lado del cristal caían pequeños fractales blancos en inmensa parsimonia. Pensé que de estar afuera, bajo la tenaz y lenta precipitación, nuestro vaho, el suyo y el mío, habría sido espeso.

Pitágoras, le explicaba a la gata, dice que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.

Hoy, mi gata, luego de una larga separación entre nosotros, se subió a mi pecho y con su ronroneo supe que necesitaba entender el teorema que habíamos dejado a la mitad en el invierno.

Yo callé.

El rugido dentro de la caja toráxica del felino resonaba en toda la habitación y particularmente en mi pecho cuya vacuedad amplificaba el estertor.

Cómo explicarle que ya no creo más en hipotenusas, ni catetos, que la suma de sus cuadrados me tiene sin cuidado y que, por mí, el mundo puede girar sin logaritmos, sin senos ni cosenos, ni tangentes, ni binomios, no importa que sean perfectos o imperfectos.

Aquel día nevado de enero, mi gata interrumpió la explicación y con los bigotes echados hacia delante, prefirió dar un par de brincos para salir del cuarto e ir a observar los peces tropicales que el ruso mantenía en cautiverio. Fui detrás de ella y vi cómo se distrajo en el camino cuando vio los copos caer tras la puerta del balcón. Estoy seguro que lo pensó: ¿estos pedacitos de nube que caen del otro lado del cristal o las gotitas de colores que nadan contenidas por el otro cristal arriba del librero?

Sin dudarlo, dio otros dos brincos para meter su nariz en la pecera. (Aunque sin hacer burbujas de amor por donde fuera.)

Con la misma incertidumbre del frágil equilibrio que mantenía la gata sobre la pecera, se confundió mi certeza respecto de las ecuaciones y durante los meses subsecuentes a ese día de enero el teorema se resquebrajó en mi cerebro junto a cualquier otro insomnio de Pitágoras.

Ahora, la gata ya no puede ir a buscar los peces del ruso, ya no tiene un balcón y mucho menos podrá encontrarse con pedacitos de nube cayendo detrás de ninguna ventana, no en verano, ni en invierno, nunca más.

Los triángulos perfectos siguen siendo triángulos, pero ahora sólo son perfectibles, los círculos en blanco que dejan las dudas en mi cerebro carecen de hipotenusas, son de diámetro indefinido y su Pi, por raro que parezca, no es constante. (Círculos tan extraños.)

Los cuadriláteros, cuadrados y rectángulos, sólo sirven para recibir sendas golpizas con guantes cargados de plomo que me desdibujan el aplomo y a los trapecios les tengo demasiado respeto como para subirme en ellos. Cuando mi gata se me acerca, buscando respuestas a sus dudas, sus pupilas parecen rombos dentro de un círculo azul.

Después de mi silencio agnóstico, tengo la esperanza que este cuadrúpedo no esté interesado en la trigonometría y que sus dudas sólo sean un ardid para acaparar mi atención y conseguir así que le pase las manos sobre el lomo, que a final de cuentas es como su propia hipotenusa metafórica.